28/09/06
LA CIUDAD DE LAS MIL Y UNA NOCHES. (A ibtehal y Uday)
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Me considero una persona afortunada por muchas razones. Aunque pienso que no soy de este tiempo, confieso que cada día me convenzo más de que he de vivir intensamente el tiempo que me corresponda. No volveré a tener otra oportunidad, estoy seguro. Recuerdo las palabras de don Antonio, el párroco de Santiago, cuando le dije que me iba a visitar Mesopotamia, formando parte de un viaje solidario para denunciar el embargo, la falta de medicinas y la situación de bloqueo del pueblo iraquí. “No has de quedarte a la sombra del campanario. El mundo es muy amplio y el bagaje es la mayor riqueza del ser humano...”, me comentó con la rapidez de su léxico, que costaba trabajo entender.
Compartir la sonrisa de los niños, la tristeza en los ojos de la mujer o la sabiduría de unos ancianos que añoraban sus raíces, muy ligadas a la Península. Sinceramente, me he sentido un miembro más de ese pueblo, perdiéndome por las estrechas callejuelas, contemplando la puesta del sol o la luna reflejada en el Tigris y he soñado al retrotraerme varios siglos al observar las casas de adobes en la ribera del Eufrátes, plenas de naranjos cuajados del aromático intenso azahar.
Estos últimos días, he tenido noticias de dos personas que tuve la suerte de conocer en mi primer viaje. Al recibir el correo de ibtehal, he recordado la belleza de sus ojos, su pañuelo y el interés por conocer Córdoba y Granada. Estudiante en la Facultad de Español, en la Universidad de Bagdad, me explicó que su nombre significaba Invocación y me pareció de una belleza inmensa, solo compara con la de sus negros ojos, brillantes como el azabache. Les regalé unos pequeños libros de gramática que todavía recuerda. Invocación, me dice que la tan cuidada lengua de Cervantes, tiene poco futuro tras la guerra y la situación actual de Irak, donde el inglés es vuelve a imponerse, como en la época de la colonización del Golfo Pérsico, además de esquilmar sus recursos naturales.
A Uday lo conocí una noche, en los alrededores del Hotel Al Mansur, junto al Tigris. También estudiante de español en la Facultad, intentaba ganarse unos dólares a cambio de traducir a los miembros de la Delegación española. Me dijo que le gustaría llamarse Alejandro y viajar a España. Junto a Mino, el taxista, fue mi compañero inseparable para conocer la ciudad de las mil y una noches. Escuchar sus problemas e inquietudes me reafirmaba en las letras de un poeta irakí, Abdul H. Sadoun…
¡Oh! niños de mi patria
donde el sol no sale
y la primavera
no da las visitas
vosotros que vendéis vuestra niñez
por hogazas de pan
y por latas vacías y oxidadas
dejadme abrazaros entre mis manos y lloro.
Habéis olvidado,
los nombres de vuestras escuelas
los momentos de inocencia
y ante todo
habéis olvidado que
aún sois niños.
vuestras alegrías
se han apagado
como playas en las barcas
las han abandonado
y sobre sus arenas
no se han paseado
las blancas gaviotas.
¡Oh! pajaritos
estoy arrodillado ante vosotros
como un santo delante de Dios.
Recuerdo a Alejandro, cinco días antes de comenzar a caer bombas sobre su pueblo, cuando con lágrimas en los ojos, entre la multitud agolpada en el aeropuerto internacional, cuando se despedía de nosotros, quizás para siempre. Al tiempo, supe que pudo escapar del infierno, mediante un salvoconducto facilitado por una televisión chilena. Me cuenta que vive en Chile, aunque su sueño es España, y que será padre en unos días, fruto de su amor con una chica argentina. Bendita mezcla de sangres y culturas. Pero todavía soñamos con la calle Haifa, con el té o los paseos, impregnados de cultura, respeto y convivencia entre religiones en una ciudad que no reconozco ante la barbarie iniciada en la foto de las Azores. Malditos sean los que deciden sembrar la muerte y el terrorismo entre pueblos pacíficos como el de Mesopotamia.
02:00 Anotado en SOLIDARIDAD | Permalink | Comentarios (1) | Email esto | Tags: Mesopotamia



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