26/10/06
“CITA CON EL MEDITERRANEO UNA TARDE DE OTOÑO” (La cala del Peñón Cortáo)
Sin saberlo, hoy tenía yo una cita a ciegas. Estoy convencido que tienen (las citas a ciegas) su encanto aunque sea consigo mismo. Mucho más cuando el encuentro se produce en un paraje singular como la cala del Peñón Cortáo. Este rincón, bañado por el Mediterráneo, se sitúa en un lugar indeterminado entre San Juan de Los Terreros y Villaricos. En la misma frontera de Al-Andalus. Una zona de monte mediterráneo, con arbustos y lagartijas, tierra azulada, que hace años conformó una galería de minas, conservan sus ruinas, quizás para transformar esa laja en cemento, previo quemado en los hornos, cuyos vestigios jalonan la costa. Y esparto, mucho esparto.
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La visión del Mediterráneo es única, por su belleza y calma de sus aguas. Es como una acuarela de Sorolla. Las mansas olas, arrastran en su vuelta al mar, la arena rodada, con un sonido que se confunden con el de una fuente de agua cristalina, en la Alhambra de Granada o la del Patio, en la Mezquita de Córdoba. El crepúsculo de un otoño cálido, conforma la más bella estampa, que da paso a una luna creciente, como si de un alfanje se tratase. Camina rauda la luna, a esconderse por la zona en que las abejas laboran las escasas flores de romero y otros arbustos endémicos de esa árida zona. En mi tristeza, recuerdo los retazos de un verso precioso de Miguel Hernández, de dedicado a Ramón Sijé; “…pajareará tu alma colmenera, de angelicales ceras y labores. Volverás al arrullo de las rejas de los enamorados labradores…” El más hermoso canto a la vida que jamás se ha escrito
Abajo, junto a mar, las rocas erosionadas entonan un sonido gutural, cuando llena, con sus suaves embates, lo huecos de la piedra. Junto a la arena deslizándose, observo las delgadas de huellas de gaviotas, que se tornan en palabras al observar la cueva natural del peñón cortáoUn lugar paradisíaco, al que va muy poca gente. Las fotos son oscuras, por los escasos rayos de claridad que le queda a la tarde. Todavía más belleza, pienso yo. Debe ser un lugar único para amantes, que en el desenfreno del deseo, mezclan sus cuerpos con la suave arena, como queriendo fundirse con la naturaleza, "cuan el arrullo de los enamorados labradores..."
A lo lejos, siguiendo la estela del mar, unas tenues luces delatan a los pescadores (¿o contrabandistas?) Es un momento mágico, esa sensación de libertad, de pureza ante la depredación salvaje. Siguiendo la costa con la mirada, las farolas de Villaricos, y al fondo, muy al fondo, quiero imaginar el Cabo de Gata. La brisa marina, humedece mi piel.
Un trozo de los pocos parajes salvajes que aguantan la codicia de los ladrilleros. Calblanque, Puntas de Calnegre, Marina de Cope o las solitarias calas, que baña el mar desde Águilas a Vera. En el cielo, negro como el azabache, comienzan a tiritar los astros azules, que se adivinan entre la fina niebla. El estado de desamor o tristeza, que cantaba el vate, Neruda, en sus “20 poemas de amor y una canción desesperada” es el mejor momento para valorar las cosas bellas y los momentos que merecen la pena sentir, soñar y vivir intensamente. Las que no tienen precio, como imagina un solitario soñador, añorando el cuerpo desnudo de una mujer, imaginando que emergerá de las tibias aguas, como si de una sirena se tratase.
00:15 Anotado en SENSACIONES | Permalink | Comentarios (4) | Trackbacks (0) | Enviar a Email | Tags: Espacios Naturales




