29/08/06

EL INTENSO DOLOR DE CABEZA. (Mi encuentro con el cáncer)

Vendrá de noche cuando todo duerma,
vendrá de noche cuando el alma enferma
se emboce en vida,
vendrá de noche con su paso quedo,
vendrá de noche y posará su dedo
sobre la herida.


Miguel de Unamuno.

Han pasado casi dos años desde que aparecieron unos síntomas en mi cuerpo, que seguro llevaba mucho tiempo desarrollando. Lidia, la peluquera, me notó unos bultos en el cuello y me hizo un comentario al que no de di importancia. Al poco tiempo, aparecieron en las ingles (ignoraba que mis órganos vitales también estaban infectados de esos ganglios), acompañados de un cansancio y mal humor que achacaba a la actividad y medium_HOMENAJE_20CANOVAS_20SENTADO.2.jpgtensión de los últimos cuatro años de responsabilidad en el Ayuntamiento.
Al cabo de varias noches sin dormir, con un dolor intenso en la base del cráneo, la madrugada del 28 de agosto, coincidiendo con las fiestas de San Agustín, me acerqué al Servicio de Urgencias, donde me “solucionaron” el problema, vía pastilla. Aquel domingo, era la boda de mi primo José Andrés y, con bastante malestar, asistí a una celebración que tuve que abandonar para ir al Hospital de la Arrixaca, por consejo de un amigo. Tampoco dieron importancia a los bultos del cuello, ni al exceso de linfocitos en la sangre, limitándose a comprobar las meninges, inyectar tranquilizantes y recetar las consabidas pastillas. No se daban cuenta que uno de los ganglios, me atenazaba un nervio y cada momento el dolor era más intenso.
El lunes en la mañana me decidí a visitar a mi doctora en el centro de Salud. Era la primera vez que veía a Rosa y la impresión no pudo ser mejor. Su preocupación se hizo patente, al llamar a una compañera para comprobar esos ganglios y comentar el exceso de linfocitos. Me aconsejó, con bastante acierto, que fuese al hospital de Lorca, por que estarían los especialistas y me reconocerían con unos medios que ella no disponía en el Centro de Salud. Como al cabo de los meses me comentó, su visión no pudo ser más certera.
Coincidí en la sala de espera con don Andrés Cánovas, un cura de la vieja escuela, recién jubilado, que ejerció durante años en la Pedanía de Balsicas. El cura Andrés, pasaba los 70 y se conservaba muy bien pero no duró una semana. Después de análisis y exploraciones, me llamaron para decirme que debían hacerme más pruebas, durante los días siguientes. Cuando observé, en la silla, el pijama azul, me llevé una sorpresa, pues nunca podía imaginar que ese dolor de cabeza fuese algo tan importante como para ingresar en el hospital. Ya en la habitación, apareció el doctor Mené. Me explicó las pruebas que me harían durante unos días. Conocía a Enrique, desde el periodo 87-91, que ocupó un cargo en la zona de Lorca, como responsable de Atención Primaria y con el que tuve que tratar, por gestionar IU el Área de Sanidad en el Ayuntamiento.medium_Leucemia_inyectando.JPG
Tuvieron que pasar unos días para empezar a sospechar lo que realmente me estaba pasando. Desde niño me han aterrado las agujas. Quizás el recuerdo de una inyección infectada que me hizo sufrir lo indecible. El dolor continuaba, pero el temor a los pinchazos y la imposibilidad de ver a Ana, me hacía dejarlo en segundo plano. En aquellos días, Pablo y Elena se encontraban en la incubadora y recibía las visitas de Juan, su ilusionado padre, que me contaba como iban evolucionando y cogiendo el peso necesario. Ver a Juana Mari y a Juan, tan ilusionados con los esperados y avispados retoños, me animaba, dejando a un lado lo que se me venía encima.