01/10/06
“EL ARZOBISPO Y LA OVEJA DESCARRIADA”
Aunque han pasado 42 años largos, algunos pasajes de mediados los 60, los conservo en la memoria como si hubiesen sucedido ayer. Contaría yo entre 6 y 7 años, cuando conocí a don Francisco Gil Hellín. Yo iba al Colegio de don Alfonso Camacho, en el que todavía se repartían, los sábados en la tarde, previo rezo del santo rosario, cartuchos de leche en polvo que enviaban los americanos en el marco del Plan Marshall. Dependiendo de la devoción demostrada en el rezo, el maestro adjudicaba la ración que nos tocaba. Se ubicaba la escuela, a las espaldas de la parroquia de Santiago, frente a otro de niñas, en la casa de Joaquina Arnáo. No eran aquellos tiempos dados a las mezclas de sexos en las humildes aulas.
Cuando en la Iglesia se necesitaban ayudantes para hacer de monaguillos en entierros, viáticos u oficios religiosos; Joaquín, el sacristán, pasaba razón al profesor para que enviara a algún niño para cumplir los menesteres. Una tarde, me tocó a mi, por designación discrecional de don Alfonso y, presto, me uniformé de sotana y roquete, para llevar la cruz en el entierro, mientras el sacristán entonaba el responso. Mi debut, no pudo ser más afortunado, pues el decano de los curas (Don Andrés Martínez Ballester, conocido como el cura “chico”, por su escasa estatura y su rapidez en las misas) me dijo que, a partir de aquel momento, ese sería mi oficio, a compatibilizar con la instrucción. “tienes cara de buena persona”, me dijo el ecónomo. Con semejante valedor, mis tardes en el colegio eran escasas, pues los entierros se sucedían. De ahí, pasé a ayudar a oficiar la misa de aurora, para lo que me encargaba de abrir la iglesia, al amanecer y demás actividades que me hicieron ser un niño muy estimado por el clero parroquial y personas piadosas, asiduas a la Iglesia.
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En las casas adosadas, donde se encuentra el patio, habitaban los dos curas titulares de la Parroquia de Santiago. Don Antonio Gómez Pellicer, párroco que era asistido por, María, una anciana muy graciosa, pero sorda como una tapia. El coadjutor era un joven cura, que siempre iba con sotana y compartía el piso con su madre y su segundo marido, pues era viuda. Recuerdo al marido, como un hombre campechano, con sombrero impecable, camisa de rayas, primorosamente planchada y un gracejo murciano que lo hacía inconfundible. La madre del coadjutor, era una mujer morena, con el pelo rizado y negro como el azabache. Conservaba una belleza, tanto interior como exterior, que yo valoraba a mis 7 escasos años de vida.![]()
Don Francisco, natural de pedanía murciana de La Ñora, siempre vestía con sotana, la coronilla tonsurada, una bondad y bonhomía que yo admiraba. A veces pensaba que de mayor, me gustaría se como don Francisco, el coadjutor. Además de las clases de religión, en el Instituto Laboral, se encargaba de administrar los sacramentos en las pedanías de Totana. Las misas de difuntos o días señalados, en las ermitas del Raiguero Alto, Raiguero Bajo o en la Ermita de la Araña. Yo era su ayudante en aquellas frías mañanas de invierno, encargado de echar el vino al cáliz, tocar la campanilla en la consagración o pasar el cepillo entre los piadosos fieles. Hombres con la cara curtida por la dureza del trabajo y el rudo secano, que abotonaban sus blancas camisa hasta el último del cuello y mujeres de luto, con mantillas en las que apenas divisaba sus ojos, cuando iban a comulgar y yo sostenía la bandeja para que no cayese nada al suelo.
La decena larga de kilómetros la hacíamos en una motocicleta de 74 centímetros cúbicos, en la que yo iba de paquete entre las sotanas de don Francísco, que me protegían del frío. Aquellos caminos de guijarros y tierra, no los conocería, Monseñor, en vísperas de ser pasto de la especulación y la codicia de unos pocos. A la vuelta, siempre regresábamos por la carretera de Mazarrón, cuyos arcenes poblaban los gigante olmos hoy desaparecidos, previa visita al colegio de las Lomas del Paretón. La única ermita que se conserva como en aquellos tiempos, es la de la Araña, que solo se utiliza para la misa de las ánimas, cada 1º de enero. Quizás en recuerdo de aquel cura joven, hace tres años, realicé desde mi cargo de concejal de Formación, una modesta rehabilitación, utilizando a jóvenes de la Escuela Taller. Es una nave cimbrada que al entrar, me lleva 40 años atrás e intuyo a don Francísco, rezando sus letanías a las afligidas fieles, en memoria de los finados. Casi todo sigue intacto en el interior de la modesta ermita. En tiempos albergaba a mucha gente, que fue abandonando la zona, jalonada hoy de casas semi derruidas, donde las perdices, conejos y otra fauna se mezclan con el aroma de romero, tomillo o hinojo. Es una sensación difícil de plasmar, ver amanecer en ese lugar, sintiendo el fresco de la madrugada y los sonidos de las aves que dan la bienvenida al nuevo día.
Don Francisco Gil, se marchó de Totana, al poco tiempo y hoy, 42 años después, es Arzobispo en Burgos. En aquel tiempo, yo conocía la misa en latín y recitaba el virgo veneránda, predicánda o pontens, de carrerilla. Ahora, no entiendo mucho de jerarquías en la Iglesia. Pero imagino que Arzobispo es un grado superior a Obispo e inferior a Cardenal. El monaguillo del Arzobispo, hoy es una oveja descarriada, alejado de la doctrina de la fe, que imparte don Francisco en sus severas pastorales sobre la familia cristiana, la unión de parejas del mismo sexo o el aborto. Por su carrera y su edad, incluso podría llegar a Papa y yo me sentiría orgulloso al pensar que él me enseñó algunos valores que he intentado poner en práctica en mi vida, con poca fortuna, lo reconozco. Mientras Monseñor, administra el alma de los fieles en Burgos, con aroma de incienso, alguien sigue conservando la modesta y solitaria Ermita de la Araña, que quizás el Arzobispo no recuerde. Es como apoyar el testigo de la historia, ante la depredación y la codicia, que el monaguillo, descarriado del redil, aprendió de sus enseñanzas.
22:25 Anotado en RECUERDOS | Permalink | Comentarios (1) | Trackbacks (0) | Enviar a Email | Tags: El Rincón de la Memoria




