28/10/06

“LA HUELLA DE LOS SENTIDOS”

El universo de sentidos que anidan en nosotros, nos hacen percibir esas sensaciones que, en ocasiones, nos marcan durante toda una vida. No soy una excepción, en este Valle de Lágrimas. No podría concebir, por ejemplo, una vida sin la vista. Privarme de esas estampas bellísimas, que nos ofrece la naturaleza o la creatividad de los hombres y mujeres, sería muy triste. Pero de los cinco, el que más me ha influido en mi primario desarrollo es, sin duda alguna, el olfato. Esos aromas que nos hacen identificar los recuerdos y sensaciones, que permanecen durante toda la vida en nuestro cerebro, por años que pasen.medium_20060329151252-miedo.jpg

Ese intenso olor de la flor del azahar, tan característico de la zona en donde vivo y que cada día tiene los espacios más escasos, por la depredación salvaje o la tierra mojada en el monte, mezclados con el romero, el tomillo, orégano o el hinojo, tan actual en esta fechas de otoño, anunciando el llenado de las orzas.medium_Rueda_Prensa_entrevista_y_mercado_Verónicas._Octubre_06_010.2.jpg El pan, caliente, recién sacado del horno, o la mezcla de efluvios, que conviven en los antiguos mercados de abastos, como el de Verónicas, junto al río Segura, que he recorrido esta mañana, añorando mis años de pubertad, cuando acompañaba a mi madre a comprar en unos espacios, donde las tenderas ofrecían la fruta, encurtidos, primorosas carnes, esencias, que son elaboradas como se hace en el lejano Oriente, en los zocos y mercadillos de culturas milenarias. También, como todo en la vida, los recuerdos desagradables forman parte de la memoria del olfato.
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Pero el aroma más especial que conozco es el de las personas. Sé diferenciar, con el olfato, a cuál de mis dos hijos pertenece. El aroma característico de mi nieta, Ana, me hace tener la seguridad que nunca la voy a perder. Pero el rescoldo de mi sentido, me transporta a mis raíces, cuando recuerdo el aroma corporal de mi madre o el de mi abuela, cuando me tenían en brazos, hace casi 50 años. En las noches de pesadilla y depresión profunda, que pasé hace dos años, al descubrir en mi cuerpo la enfermedad maligna, que imaginaba me devoraría con rapidez, sentía la angustia de un cuerpo, con una fiera, que forma parte de ti, empeñada en cercenar todas mis ilusiones y planes en una vida, que siempre se me antojaba corta.

Esas terribles horas, en la madrugada, de llanto callado y desesperación, añoraba, como una crío, el regazo y el aroma de mi abuela, recordando de una forma nítida, ese olor corporal al que, en mi fiebre depresiva, solicitaba que me acogiese y me ayudase a afrontar el sufrimiento y la muerte que me angustiaba, como un dogal en la seca garganta. Como queriendo volver a la madre tierra, para seguir dando vida a la vida, esa sensación de amparo, acunado por su inconfundible aroma corporal, me animaba a levantar el vuelo y luchar, superando el terror al trance, que los que nacemos hemos de pasar, tarde o temprano.medium_images.jpgNo solo el perfume francés, el vino selecto o un veguero, dejan la huella en nuestro cerebro, como las cosas sencillas y naturales. Por ejemplo, el cuerpo desnudo, después de un baño, con agua tibia y natural, al estilo de las termas romanas. Y si es en compañía, imagino que el aroma es mucho más placentero e intenso.