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<title>UNA VENTANA ABIERTA A LA ESPERANZA - recuerdos</title>
<description>&amp;quot;CUANDO CREÍ CONOCER LAS RESPUESTAS, ME CAMBIARON LAS PREGUNTAS&amp;quot;</description>
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<title>“EL ARZOBISPO Y LA OVEJA DESCARRIADA”</title>
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<author>noreply@blogspirit.com (Juan José)</author>
<category>RECUERDOS</category>
<pubDate>Sun, 01 Oct 2006 22:25:00 +0200</pubDate>
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&lt;img src=&quot;http://unaventanaabiertaalaesperanza.blogspirit.com/images/thumb_ermitalaarana.jpg&quot; alt=&quot;medium_ermitalaarana.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; float: left; margin: 0.2em 1.4em 0.7em 0;&quot; /&gt;&lt;strong&gt;Aunque han pasado 42 años largos, algunos pasajes de mediados los 60, los conservo en la memoria como si hubiesen sucedido ayer. Contaría yo entre 6 y 7 años, cuando conocí a don Francisco Gil Hellín. Yo iba al Colegio de don Alfonso Camacho, en el que todavía se repartían, los sábados en la tarde, previo rezo del santo rosario, cartuchos de leche en polvo que enviaban los americanos en el marco del Plan Marshall. Dependiendo de la devoción demostrada en el rezo, el maestro adjudicaba la ración que nos tocaba. Se ubicaba la escuela, a las espaldas de la parroquia de Santiago, frente a otro de niñas, en la casa de Joaquina Arnáo. No eran aquellos tiempos dados a las mezclas de sexos en las humildes aulas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando en la Iglesia se necesitaban ayudantes para hacer de monaguillos en entierros, viáticos u oficios religiosos; Joaquín, el sacristán, pasaba razón al profesor para que enviara a algún niño para cumplir los menesteres. Una tarde, me tocó a mi, por designación discrecional de don Alfonso y, presto, me uniformé de sotana y roquete, para llevar la cruz en el entierro, mientras el sacristán entonaba el responso. Mi debut, no pudo ser más afortunado, pues el decano de los curas (Don Andrés Martínez Ballester, conocido como el cura “chico”, por su escasa estatura y su rapidez en las misas) me dijo que, a partir de aquel momento, ese sería mi oficio, a compatibilizar con la instrucción. “tienes cara de buena persona”, me dijo el ecónomo. Con semejante valedor, mis tardes en el colegio eran escasas, pues los entierros se sucedían. De ahí, pasé a ayudar a oficiar la misa de aurora, para lo que me encargaba de abrir la iglesia, al amanecer y demás actividades que me hicieron ser un niño muy estimado&lt;/strong&gt;&amp;#8230;
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