25/05/08
“ANTE EL CÁNCER” (Un impulso al ánimo para Blas y Manolo)
Tengo la suerte de compartir unos vecinos encantadores en el lugar donde vivo. Desde pequeño aprendí la lección de mi abuelo que me enseñó a ser buen vecino, pero sin conocer mucho las viviendas de los vecinos. “el exceso de confianza y visitas, puede llegar a ser contraproducente…”, me aconsejaba sabiamente. Entre los vecinos que habitan en el Camino Viejo, se encuentra la pareja compuesta por Ginés y Carmen, que tienen dos crías encantadoras. Hace unos días, Carmen, se acercó por mi casa para explicarme que tenía un cuñado al que le habían detectado la misma enfermedad que a mí. “está muy desanimado, tiene 48 años y dos hijas. Ha sido un mazazo y no se anima por mucho que lo intentemos…”, me comentó.
De una forma espontánea, me ofrecí a visitarlo y hablar con él para explicarle mi experiencia y, modestamente, darle un poco de ánimo. Ayer, sábado, junto a Ginés y Carmen, viajé al Hospital, Morales Meseguer, donde Manolo, se encuentra ingresado y ha iniciado el tratamiento de quimioterapia para atacar los efectos de la enfermedad en su cuerpo.
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21/11/07
“UN RECONOCIMIENTO MERECIDO” El modelo de Sanidad Pública del Servicio de Oncología y Hematología del Morales Meseguer
Hace unos días, el Servicio de Oncología y Hematología del Hospital Morales Meseguer, ha sido distinguido como uno de los cinco hospitales de España, donde se presta un mejor servicio de atención al paciente. La revista, Gaceta Médica, junto a la Universidad Juan Carlos I, han reconocido la labor del Equipo, dirigido por el profesor Vicente Vicente.Sin entrar en cuestiones científicas, materia en la que me declaro lego, quiero reflexionar sobre mi modesta experiencia, como enfermo de leucemia, y paciente de ese Equipo, cuyo reconocimiento es extensivo, desde el Profesor Vicente, hasta las auxiliares del Hospital de Día, que atienden a enfermos y aplican los tratamientos de quimioterapia, con una vocación digna de admiración. Quiero referirme, muy especialmente, al doctor Nieto Campuzano.

En octubre de 2004, fui derivado desde el Hospital Rafael Méndez, hasta el servicio de Hematología, del Morales Meseguer, con un diagnóstico de Leucemia Linfática Crónica en grado II. No faltaron personas de buena voluntad (tambien en mí familia), que me aconsejaron ir a Clínicas Privadas e incluso a Estados Unidos, entendiendo que, ante el cáncer, siempre es mejor ponerse en manos de quién te trata previo pago de su importe, antes que en la denostada Sanidad Pública. Respeté todas las opiniones, pero siempre he defendido la Medicina Pública y no podía faltar a mis principios a las primeras de cambio, por complicado que lo viese.
Desde el primer momento, sentí un apoyo del doctor Nieto, que me demostraba como se puede ser un profesional comprometido y tratar a los pacientes, ante una enfermedad que resulta desconocida y cruel, cuando se manifiesta. “Es una enfermedad maligna y no te digo que vaya a curarte. Debes hacerte amigo del cáncer y convivir con él, para que te deje pasar mucho tiempo juntos…”, me aconsejó, mientras yo aguantaba las lágrimas. Pensar en el primer tratamiento fue un suplicio, difícil de asumir, entre pesadillas y
angustia.
Sentarte en la sala de tratamiento, junto a una señora mayor, hablándome con normalidad de su cáncer; frente a un compañero de enfermedad, más joven, sin pelo, o un inmigrante con la mirada perdida, compartiendo la experiencia de meses, añadido a la atención de enfermeras y auxiliares, fue el mejor antídoto para recuperar el ánimo perdido. Estoy convencido que para mí, hubiese sido mucho más difícil en una habitación individual del mejor centro privado del mundo.
El Servicio de Hematología del Hospital Morales Meseguer, es un lujo y orgullo para las personas que habitamos en esta Región. Ese premio (con todo mi respeto hacía las entidades que lo conceden) no es nada, comparado con la valoración de cientos de pacientes y familiares que lo utilizamos para ser tratados por el Equipo Profesional y humano que lo componen.
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28/10/06
“LA HUELLA DE LOS SENTIDOS”
El universo de sentidos que anidan en nosotros, nos hacen percibir esas sensaciones que, en ocasiones, nos marcan durante toda una vida. No soy una excepción, en este Valle de Lágrimas. No podría concebir, por ejemplo, una vida sin la vista. Privarme de esas estampas bellísimas, que nos ofrece la naturaleza o la creatividad de los hombres y mujeres, sería muy triste. Pero de los cinco, el que más me ha influido en mi primario desarrollo es, sin duda alguna, el olfato. Esos aromas que nos hacen identificar los recuerdos y sensaciones, que permanecen durante toda la vida en nuestro cerebro, por años que pasen.![]()
Ese intenso olor de la flor del azahar, tan característico de la zona en donde vivo y que cada día tiene los espacios más escasos, por la depredación salvaje o la tierra mojada en el monte, mezclados con el romero, el tomillo, orégano o el hinojo, tan actual en esta fechas de otoño, anunciando el llenado de las orzas.
El pan, caliente, recién sacado del horno, o la mezcla de efluvios, que conviven en los antiguos mercados de abastos, como el de Verónicas, junto al río Segura, que he recorrido esta mañana, añorando mis años de pubertad, cuando acompañaba a mi madre a comprar en unos espacios, donde las tenderas ofrecían la fruta, encurtidos, primorosas carnes, esencias, que son elaboradas como se hace en el lejano Oriente, en los zocos y mercadillos de culturas milenarias. También, como todo en la vida, los recuerdos desagradables forman parte de la memoria del olfato.![]()
Pero el aroma más especial que conozco es el de las personas. Sé diferenciar, con el olfato, a cuál de mis dos hijos pertenece. El aroma característico de mi nieta, Ana, me hace tener la seguridad que nunca la voy a perder. Pero el rescoldo de mi sentido, me transporta a mis raíces, cuando recuerdo el aroma corporal de mi madre o el de mi abuela, cuando me tenían en brazos, hace casi 50 años. En las noches de pesadilla y depresión profunda, que pasé hace dos años, al descubrir en mi cuerpo la enfermedad maligna, que imaginaba me devoraría con rapidez, sentía la angustia de un cuerpo, con una fiera, que forma parte de ti, empeñada en cercenar todas mis ilusiones y planes en una vida, que siempre se me antojaba corta.
Esas terribles horas, en la madrugada, de llanto callado y desesperación, añoraba, como una crío, el regazo y el aroma de mi abuela, recordando de una forma nítida, ese olor corporal al que, en mi fiebre depresiva, solicitaba que me acogiese y me ayudase a afrontar el sufrimiento y la muerte que me angustiaba, como un dogal en la seca garganta. Como queriendo volver a la madre tierra, para seguir dando vida a la vida, esa sensación de amparo, acunado por su inconfundible aroma corporal, me animaba a levantar el vuelo y luchar, superando el terror al trance, que los que nacemos hemos de pasar, tarde o temprano.
No solo el perfume francés, el vino selecto o un veguero, dejan la huella en nuestro cerebro, como las cosas sencillas y naturales. Por ejemplo, el cuerpo desnudo, después de un baño, con agua tibia y natural, al estilo de las termas romanas. Y si es en compañía, imagino que el aroma es mucho más placentero e intenso.
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29/08/06
EL INTENSO DOLOR DE CABEZA. (Mi encuentro con el cáncer)
Vendrá de noche cuando todo duerma,
vendrá de noche cuando el alma enferma
se emboce en vida,
vendrá de noche con su paso quedo,
vendrá de noche y posará su dedo
sobre la herida.
Miguel de Unamuno.
Han pasado casi dos años desde que aparecieron unos síntomas en mi cuerpo, que seguro llevaba mucho tiempo desarrollando. Lidia, la peluquera, me notó unos bultos en el cuello y me hizo un comentario al que no de di importancia. Al poco tiempo, aparecieron en las ingles (ignoraba que mis órganos vitales también estaban infectados de esos ganglios), acompañados de un cansancio y mal humor que achacaba a la actividad y
tensión de los últimos cuatro años de responsabilidad en el Ayuntamiento.
Al cabo de varias noches sin dormir, con un dolor intenso en la base del cráneo, la madrugada del 28 de agosto, coincidiendo con las fiestas de San Agustín, me acerqué al Servicio de Urgencias, donde me “solucionaron” el problema, vía pastilla. Aquel domingo, era la boda de mi primo José Andrés y, con bastante malestar, asistí a una celebración que tuve que abandonar para ir al Hospital de la Arrixaca, por consejo de un amigo. Tampoco dieron importancia a los bultos del cuello, ni al exceso de linfocitos en la sangre, limitándose a comprobar las meninges, inyectar tranquilizantes y recetar las consabidas pastillas. No se daban cuenta que uno de los ganglios, me atenazaba un nervio y cada momento el dolor era más intenso.
El lunes en la mañana me decidí a visitar a mi doctora en el centro de Salud. Era la primera vez que veía a Rosa y la impresión no pudo ser mejor. Su preocupación se hizo patente, al llamar a una compañera para comprobar esos ganglios y comentar el exceso de linfocitos. Me aconsejó, con bastante acierto, que fuese al hospital de Lorca, por que estarían los especialistas y me reconocerían con unos medios que ella no disponía en el Centro de Salud. Como al cabo de los meses me comentó, su visión no pudo ser más certera.
Coincidí en la sala de espera con don Andrés Cánovas, un cura de la vieja escuela, recién jubilado, que ejerció durante años en la Pedanía de Balsicas. El cura Andrés, pasaba los 70 y se conservaba muy bien pero no duró una semana. Después de análisis y exploraciones, me llamaron para decirme que debían hacerme más pruebas, durante los días siguientes. Cuando observé, en la silla, el pijama azul, me llevé una sorpresa, pues nunca podía imaginar que ese dolor de cabeza fuese algo tan importante como para ingresar en el hospital. Ya en la habitación, apareció el doctor Mené. Me explicó las pruebas que me harían durante unos días. Conocía a Enrique, desde el periodo 87-91, que ocupó un cargo en la zona de Lorca, como responsable de Atención Primaria y con el que tuve que tratar, por gestionar IU el Área de Sanidad en el Ayuntamiento.
Tuvieron que pasar unos días para empezar a sospechar lo que realmente me estaba pasando. Desde niño me han aterrado las agujas. Quizás el recuerdo de una inyección infectada que me hizo sufrir lo indecible. El dolor continuaba, pero el temor a los pinchazos y la imposibilidad de ver a Ana, me hacía dejarlo en segundo plano. En aquellos días, Pablo y Elena se encontraban en la incubadora y recibía las visitas de Juan, su ilusionado padre, que me contaba como iban evolucionando y cogiendo el peso necesario. Ver a Juana Mari y a Juan, tan ilusionados con los esperados y avispados retoños, me animaba, dejando a un lado lo que se me venía encima.
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