08/04/09

“Germen de Rebeldía”

María.jpgEn los últimos tiempos, nos hemos aficionado a repartir homenajes y medallas. Siempre supone un halago que se reconozcan méritos y hazañas, aún a riesgo de saturar o restar el valor, cuando algo se reparte en exceso. Muy diferente, cuando se trata de recordar a personas que pasaron por esta vida, sin ocupar cargos o tener relevancia social. A esos, solo les queda el olvido y, en el mejor de los casos, alguna lápida en el cementerio.

No estaría de más, que recordásemos a gentes, que vivieron épocas difíciles y viviendo en condiciones extremas. En algunos casos, renunciando a su orgullo –que lo tenemos todos- o dejando aparcada su dignidad ante injusticias o actuaciones miserables. Quizás los años de postguerra son el ejemplo más contemporáneo, de cómo se persiguen las ideas, hasta aniquilarlas, sembrando la idea dominante por todos los medios a generaciones enteras.


La eliminación sistemática del bando de los vencidos, con ejecuciones sumarísimas hasta 1945, fue acompañada del escarmiento “moral” y escarnio a las familias para que llegasen a sentirse avergonzadas, silenciando sus sentimientos. No es de extrañar los comportamientos ante situaciones concretas, en las que una clase, justifica a los de enfrente, y magnifica los fallos del que realmente los defiende.


El franquismo sociológico, permanece en nuestros subconscientes, con profundas raíces. Sin ir más lejos, ante casos de corrupción, observamos una actitud muy beligerante si el corrupto es de izquierdas y, se tiende a justificar, cuando el presunto, forma parte de los intereses de la ideología que nos ha dominado e impregnado, durante tantos años.
Avanzaban escasos años del 60 y el que esto escribe, levantaba poco más de un jeme, desde el suelo. Las calles adyacentes a la Cañada de Zamora, no estaban asfaltadas; muy pocas viviendas disponían de los servicios básicos y la gente sobrevivía como podía, entre la penuria generalizada.


Un día de invierno, pasó por la puerta de la casa mis padres, en la esquina de San Ramón con la Cañada, una anciana muy alta, un pañuelo negro –como su humilde vestido- en la cabeza, delantal de grandes bolsillos y una vara en la mano, que sobrepasaba en mucho sus casi 2 metros de altura. Recuerdo que mi madre me estaba sometiendo al suplicio de probarme una chaqueta que alguien, con posibles, le había dado por haber renovado el vestuario de su hijo.

La anciana en cuestión, se llamaba María (como mi madre), y le apodaban “La Mamarria”. Era ciega, al igual que su marido, y se ayudaba de la vara para sortear la infinidad de piedras y hoyos que jalonaban las calles.


La tía María, que habitaba en una casa muy pequeña de la calle Borlilla, salía de buena mañana, a realizar un recorrido a casas de gente bien y Copia de 06.jpgalguna tienda, para recoger alimentos y escasas monedas que le permitían subsistir, en una época, en la que los derechos universales o pensiones no contributivas, eran una quimera.


Con la chaqueta, de la caridad, en ristre, salí a cogerla de la mano y acompañarla en su recorrido, para evitar que se tropezase, aunque ella tenía los pasos y distancias muy bien calculadas, como suele ocurrir a personas ciegas.


Estuve mucho tiempo acompañando a la tía María y aprendí bastante de ella y de su marido. Recuerdo que cuando la dejaba en su casa, me daba una moneda, que yo me negaba a coger o se la volvía a depositar en el delantal, sin que se diese cuenta.

Recuerdo uno de los días, que la acompañé a casa de una señora, que obviaré el lugar, por no molestar a posibles deudos. Entramos en la casa y me senté junto a ella, observando los cuadros de santos y vírgenes que poblaban las paredes. Las diferencias entre aquella vivienda y la que ocupaba la Tía María, con piso de yeso, oscura y humildes cortinas, en vez de puertas para entrar a las habitaciones, eran muy evidentes.



En un momento de la charla, la señora se dirigió a la chica de servicio, para que le llenase la capaza de naranjas -que le había traído el huertero- a la anciana ciega. “Escógeselas de las mejores…”, le ordenó en voz alta, mientras le hacía señas para lo contrario, valiéndose de que la Tía María no la podía ver.


Callarme ante ese mezquino acto, me costó lo mío y no dude en espetárselo a la ciega en cuanto salimos de la casa. “Tía María, esta mujer le ha dado de las podridas y le ha hecho una señal a la criada, aprovechándose de que usted no puede ver…” La humilde mujer se sonrió ante mi indignación y me dijo que así lo había imaginado. Que los pobres tenían que aguantar para sobrevivir y que no me preocupase ni lo dijese a nadie, porque prefería esas a no tener ninguna.


“Lo que usted diga, pero yo a esa casa, no vuelvo en mi vida…” No me he podido explicar nunca como me produjo aquel arrebato de indignación tan miserable acto. Hoy, cuando paso de los 50 y compruebo que los tiempos, en cuanto a dignidad, han cambiado muy poco, recuerdo a la Tía María y me siento orgulloso de aquella reacción, que generó en mí la semilla de la rebeldía.


También, las sabias palabras de una humilde mujer, de la que he recuperado una raída foto, con el gato en la mano. Ella y tanta gente como ella, siguen habitando en un rincón de mi corazón, a pesar de casi medio siglo pasado. Ser rebelde, ante actitudes miserables y rastreras, me hace sentir vivo.

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Comentarios

El mejor homenaje que podemos hacer, es a nosotros mismos, no perdiendo nuestra dignidad y humanidad.

Anotado por: Un saludo | 25/04/09

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