Ana es mi nieta. Madrugó para llamar a la puerta de la vida y llegó en el momento oportuno. La alegría de ser abuelo a los 46 años, coinicidía con la embestida del cáncer, en aquel mes de agosto de 2004. La depresión y la angustia ante la enfermedad no era nada, comparada con su mirada, dándome ánimos, como diciendo: "Abuelo, no seas cobarde y lucha con uñas y dientes. Tienes que verme crecer y yo darte muchos besos..." La quimioterapia, los dolores o infecciones, no eran nada, comparado con la firmeza de su mirada pícara y complice.